Imagina esta escena: Vas a casa de tu amiga a tomar un café y cuando llegas, te encuentras el salón lleno de carteros (sí, sí, repartidores de correos)

-Qué hacen todos estos carteros en tu casa? preguntas, alucinada.

-Es que me trajeron cartas que no entiendo, algunas me sentaron fatal; así que hasta que me las expliquen y se disculpen, de aquí no salen, te dice ella.

Increíble, ¿verdad? Cuesta imaginarlo.

Pero piénsalo por un momento: ¿no es esto lo que hacemos todos, alguna vez? ¿Te preguntas cuándo?

Cuando una persona se cruza en nuestra vida para traernos un mensaje (o  para hacer de espejo), en lugar de ver qué aprendizaje tiene esto para nosotros, nos quedamos enganchados al mensajero: “Mira lo que me dijo/me hizo”, “Vaya mala persona, con lo buen@ que soy yo”, “Todo lo que llevo hecho por él/ella”…..

Y como no «leemos las cartas» hasta entenderlas y avanzar, seguimos actuando igual que siempre, otra vez más: culpando al mensajero, en lugar de hacernos responsables de nuestro camino, el nuestro, de nadie más.

Personalmente, he decidido que mi salón es lo bastante pequeño para tenerlo lleno de carteros; en la medida que pueda, claro, voy a ver la lección que me traen, darles muchísimas gracias por hacer ese papel (que no suele ser agradable) de maestro para mí, y dejarles ir. Así tendré mi casa despejada y una enseñanza nueva, aunque sea dolorosa, que me ayudará a ser una persona más sabia.

Mil, millones de gracias a todos mis maestros por ayudarme a crecer,  incluidos los mensajeros.

MILA GONZÁLEZ, COACH

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